47 farmaventas mento que prometía desinflamar el organismo. Es una escena que se repite continuamente en la farmacia. Cambian los nombres, la edad y el alimento señalado como culpable. Un día es el gluten. Otro los lácteos. Otro el tomate. Pero, cuando rascas un poco, casi nunca el problema está ahí. Nunca habíamos tenido pacientes tan interesados por su salud y, al mismo tiempo, tan perdidos. Llegan con vídeos, publicaciones de redes sociales y listas de alimentos prohibidos que muchas veces se contradicen entre sí. Al final, no es raro que terminen pensando que la solución consiste en eliminar otro alimento más. Ahí la farmacia tiene mucho que aportar. No porque tengamos respuestas para todo, sino porque podemos ayudar a distinguir la evidencia del ruido y traducirla en decisiones que una persona pueda aplicar cuando salga por la puerta. Hay una idea que intento explicar casi todos los días: la inflamación no es mala. De hecho, si no existiera, ninguno de nosotros estaría aquí. Gracias a ella cicatriza una herida, combatimos una infección o nos recuperamos de una lesión. El problema aparece cuando ese mecanismo permanece activado durante meses o años. Esa inflamación crónica de bajo grado se relaciona con enfermedades tan frecuentes como la obesidad, la diabetes tipo 2, el síndrome metabólico o la enfermedad cardiovascular. Por eso me cuesta responder cuando alguien me pregunta qué alimento inflama. La alimentación influye, por supuesto, pero también lo hacen el exceso de tejido adiposo, el sedentarismo, el estrés mantenido, dormir poco, el tabaco o las alteraciones de la microbiota. Hace unos años los pacientes preguntaban qué debían comer. Ahora preguntan qué tienen que dejar de comer. Hemos pasado de construir hábitos a buscar culpables. Las personas no comen nutrientes; comen como pueden. Desayunan deprisa, improvisan la cena cuando llegan agotadas a casa, comen fuera varios días por semana y hacen malabares para organizar a toda la familia. Por eso, cuando alguien me pregunta por una alimentación antiinflamatoria, casi nunca empiezo hablando de comida. Prefiero entender cómo vive. Qué desayuna, quién cocina, cuántas horas duerme o qué le resulta realmente difícil cambiar. Muchas veces descubres que el problema nunca fue el tomate. Era que llevaba meses durmiendo cinco horas, que cenaba a las once de la noche o que hacía semanas que no comía una sola legumbre. Ahí la conversación cambia por completo. Si revisamos la evidencia, la dieta mediterránea sigue siendo el patrón alimentario con mayor respaldo. No porque tenga alimentos mágicos, sino porque funciona como conjunto y porque resulta sostenible. Más verduras, frutas, legumbres, frutos secos, aceite de oliva virgen extra y pescado; menos productos ultraprocesados. ESPECIAL ANTIINFLAMACIÓN “ Cada vez tiene menos sentido hablar de alimentos inflamatorios y más de patrones de alimentación”
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