La identificación temprana de cualquier enfermedad mental nos da la ventaja de poder afrontarla de manera distinta, es decir, impidiendo que los síntomas se puedan cronificar o que puedan interferir de forma significativa en el correcto desarrollo del menor.
En este contexto, el pediatra desempeña un papel fundamental en dicha detección, porque es el primer profesional sanitario que va a estar en contacto directo con el niño.
La valoración de una posible enfermedad mental debe recaer en el pediatra y en los padres, pero también en los diferentes profesionales que rodean al pequeño, como son los profesores en el ámbito escolar y los de las actividades que realicen de manera extraescolar.
El tratamiento de los problemas de salud mental en pediatría requiere de la colaboración de diferentes profesionales de la salud. Desde pediatras, psiquiatras, psicólogos, enfermeros y farmacéuticos hasta orientadores escolares y profesores.
El tratamiento psicológico y las medidas sociales son primordiales a la hora de abordar la enfermedad, pero, en ocasiones, hay que recurrir al tratamiento farmacológico. Son muchas las enfermedades que, sin una medicación adecuada, no permitirían al paciente realizar sus actividades diarias. En este punto es donde el psiquiatra y el farmacéutico trabajan más estrechamente con cada persona.
El tratamiento debe ser individualizado, planteando la edad del paciente, la gravedad de los síntomas y la relación beneficio-riesgo. También hay que tener en cuenta las necesidades y complicaciones fisiológicas para poder elegir la forma farmacéutica que mejor se adapte a la persona, para asegurar su adherencia al tratamiento.
Se caracteriza por una combinación de inatención, hiperactividad e impulsividad. Los niños que la padecen pueden presentar dificultades para seguir instrucciones, en la concentración o para controlar su comportamiento. La detección temprana en el colegio o por parte del pediatra, todo ello combinado con un apoyo psicológico y cuando sea necesario con tratamiento farmacológico, puede modificar de manera significativa la evolución de la enfermedad.
Las alteraciones del sueño pueden tener una repercusión importante sobre la salud mental tanto de los niños como de los adolescentes. Podemos ver distintos trastornos del sueño:
Insomnio infantil: es la dificultad para iniciar o mantener el sueño. Está muy relacionado con los malos hábitos y rutinas insuficientes. Los horarios para irse a la cama son irregulares o el tiempo de descanso no es el adecuado. Eso provoca que el niño o adolescente presente irritabilidad, problemas de atención y alteraciones del ánimo; todo ello puede repercutir en su rendimiento académico y social.
Parasomnia: dependiendo de en qué fase del sueño se produzcan, podemos encontrar diferentes afecciones.
- Parasomnias del despertar
- Sonambulismo: en la fase de sueño profundo, el paciente desarrolla comportamientos, como es el caminar.
- Terrores nocturnos: durante la fase de sueño profundo, aparecen de forma súbita episodios de llanto, gritos junto con expresión facial de terror o miedo intenso.
- Parasomnias asociadas al sueño REM
- Trastorno de la conducta del sueño REM: el paciente, en vez de tener una pérdida total del tono muscular, presenta movimientos violentos como puñetazos o patadas.
- Parálisis del sueño: incapacidad para realizar cualquier movimiento voluntario con la cabeza, tronco o extremidades debido a la pérdida total del tono muscular.
- Pesadillas: ensoñaciones muy vividas de contenido desagradable que generan una sensación de miedo.
Hay diferentes tipos de trastornos que afectan a la alimentación:
- TERIA: rechazo a comer o selectividad extrema de la alimentación por miedo a tragar o vomitar, sin tener relación con la pérdida de peso.
- Pica: ingesta persistente de sustancias no nutritivas como tierra, papel o tiza.
- Rumiación: regurgitación repetida de alimentos que se vuelven a masticar o tragar.
- Anorexia o bulimia: es menos frecuente en niños pequeños. Es la restricción extrema a la ingesta de alimentos por miedo a engordar.