Desde The Phlace, como farmacéuticas especializadas en dermofarmacia y salud capilar, y tras revisar la literatura científica disponible, podemos decir que la respuesta no es tan simple como un sí o un no.
El hair oiling tiene beneficios reales… pero también limitaciones importantes que conviene conocer para no generar expectativas falsas.
El uso de aceites en el cabello no es nuevo. En la medicina ayurvédica, por ejemplo, se emplean desde hace siglos aceites como el de coco o sésamo para masajear el cuero cabelludo. La tradición sostiene que estos aceites nutren la fibra capilar, fortalecen la raíz y estimulan el crecimiento.
La ciencia moderna ha analizado algunos de estos aceites y, aunque no respalda todas las afirmaciones tradicionales, sí ha encontrado propiedades interesantes.
El aceite de coco es el que más evidencia acumula. Su estructura rica en ácido láurico le permite penetrar parcialmente en la fibra capilar, reduciendo la pérdida de proteínas al llevar a cabo una acción protectora. Esto se traduce en menos rotura y un cabello que se percibe más fuerte. Otros aceites, como el de argán o jojoba, no penetran tanto, pero sí forman una película protectora que disminuye la fricción y mejora la manejabilidad, y reduce el daño provocado durante la higiene.
Los aceites, al quedar en la superficie de la fibra capilar, reflejan la luz y suavizan la cutícula mejorando el apilamiento de las células cuticulares. El resultado es un cabello más brillante y con sensación de mayor hidratación, aunque este efecto es principalmente cosmético y no implica una reparación real.
Algunos aceites actúan como barrera frente a la deshidratación, la radiación UV o el daño térmico. No sustituyen a un protector térmico formulado específicamente, pero sí pueden aportar un extra de protección.
No existe evidencia científica que demuestre que aplicar aceites acelere el crecimiento capilar. Lo que sí puede ocurrir es que, al reducir la rotura, el cabello alcance mayor longitud con el tiempo. Pero eso no es crecimiento acelerado, sino conservación de la fibra.
El folículo piloso está en la dermis, protegido por la piel. Ningún aceite aplicado de forma tópica puede “alimentarlo” directamente. Lo que sí puede hacer es mejorar el estado del cuero cabelludo, lo cual indirectamente favorece un entorno más saludable para el crecimiento.
Además, y en lo que debemos poner especial atención, es que no todos los cueros cabelludos toleran bien los aceites. En personas con dermatitis seborreica, caspa o cuero cabelludo con sensibilidad, pueden empeorar la inflamación o favorecer la proliferación de Malassezia. Además, podríamos llegar a alterar el microbioma cutáneo o generar sensación de suciedad persistente.
Si se quiere incorporar el hair oiling en la rutina capilar, conviene hacerlo con criterio:
• Elegir el aceite adecuado: coco, para reducir rotura; argán, para suavizar; jojoba, para cueros cabelludos más grasos; romero, si se busca un efecto estimulante (aunque la evidencia es limitada).
• Aplicarlo en la cantidad justa: unas gotas son suficientes; saturar el cabello no aporta más beneficios.
• Evitar el cuero cabelludo si hay tendencia a dermatitis o grasa.
• Usarlo como prelavado en el método ACA: es la forma más segura y eficaz de obtener beneficios sin sobrecargar la fibra.
• No sustituir tratamientos médicos: en casos de caída, descamación o inflamación, el aceite no es la solución.
El hair oiling es una práctica con beneficios reales, especialmente como tratamiento prelavado cuando lo aplicamos sobre la fibra capilar para mejorar la suavidad, reducir la rotura y aportar brillo. Pero también es un mito cuando se le atribuyen propiedades que no tiene, como acelerar el crecimiento o reparar daños estructurales profundos.
Lo importante y la clave como expertos en salud y belleza capilar reside en, personalizar los tratamientos y las recomendaciones.
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